Crónica íntima de una cirugía hecha por un robot

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Durante cinco horas, una cronista y un fotógrafo de Viva presenciaron de principio a fin una cirugía en la que una máquina hace cortes y extracciones. Precisión sobrehumana. Equipo. Gustavo García Fornari (jefe de Anestesiología), José Nolazco (residente de Urología), Pablo Martínez (urólogo), Alberto Jurado (urólogo), Wenceslao Villamil (jefe de Cirugía Robótica urológica), Juan Carlos Blanco (anestesiólogo), Leticia Cerra y Silvia Sosa (instrumentadoras quirúrgicas). / Rubén Digilio.
 
¿Y la cabeza dónde está? El cuerpo casi no es cuerpo. De entre los brazos robóticos enfundados en guantes, cables, luces, monitores y capas de telas celeste esterelizante, asoma una media pelota color piel pintada de yodo. En el quirófano suena una música romántica algo melosa. Hace un frío de tiritar. Todos vestimos unas batas del mismo celeste que las cofias, los barbijos y las fundas que cubren nuestras cabezas, narices, bocas y pies.
 
La voz amplificada del cirujano Wenceslao Villamil indica movimientos que el médico asistente, José Ignacio Nolazco, se apura a llevar a cabo. Es el único que se relaciona con la media pelota. Un poco más atrás, el anestesista Juan Bianco vigila sus monitores. Algo hacia la izquierda está ubicada Leticia Cerra, la instrumentista interior. En un ángulo derecho del cuadro, alejada pero atenta, aparece Silvina Sosa, la instrumentista exterior. Una trabaja dentro del círculo esterilizado con el que se protege al cuerpo del paciente. La otra se encarga de la periferia.
 
Mucho más allá, metido en una consola, el cirujano Villamil. El no mira la escena real. Su atención está fija en la representación de la pantalla. Porque aquí, en este quirófano inteligente, el más inteligente del hospital y alrededores, uno de los tres en todo el país en el que se realizan cirugías robóticas, lo que de veras importa es lo que la cámara muestra. Es por eso que nadie mira a la media pelota sino a las pantallas HD que inundan el lugar. Como si la acción de veras sucediera allí y no dentro de la panza inflada y rasurada de un señor de 56 años, que viajó desde Uruguay para que le extrajeran su próstata, totalmente tomada por un tumor cancerígeno. Un señor que el día anterior ha rogado al doctor Antonio Wenceslao Villamil, jefe de la sección Urología de la Unidad de Cirugía Robótica del Hospital Italiano, que se tome todo el tiempo del mundo para extraer su próstata, que le cuide los nervios.
 
El trabajo del cirujano consiste en separar el órgano sin dañar los nervios que lo rodean, que son justamente los que le permitirán a este hombre –el de la panza como una media pelota– controlar sus esfínteres y conservar indemne su capacidad eréctil.
 
Por eso vamos despacio, muy despacio. La cirugía comenzó a las ocho y terminará pasado el medio día. Cada incisión puede ser fatal. En el post operatorio, el señor tomará una medicación para favorecer la erección, pero es probable que deban pasar unos dos años hasta que la recuperación sea completa. “Siempre y cuando se hayan conservado los filetes nerviosos”, me aclara Villamil.
 
En la panza hay cuatro agujeros por los que entran las cámaras que muestran el interior (o sea, la zona a intervenir) y el instrumental robótico que opera el doc desde la consola. Las manos de Villamil sostienen una especie de joy stick, como los controles de un video juego. Sus ojos están hundidos en la pantalla que le permite ver la zona de intervención en 3D. Realidad virtual. Parece como si estuviera jugando a operar, pero es de verdad. Calcula haber intervenido quirúrgicamente a través de ese robot a unos 600 pacientes. El 90 por ciento de las veces para extracción de tumores de próstata.
 
Crónica íntima de una cirugía hecha por un robot
Visión panorámica. En la sala de operaciones, las pantallas reproducen las maniobras de las manos robóticas. /Rubén Digilio.
 
Coordinación y entrenamiento. El Robot Da Vinci llegó al Hospital Italiano en el año 2008. Desde esa época hasta hoy, en el que el señor uruguayo está siendo operado, ha realizado 1.155 cirugías. La gran mayoría de próstata, pero también hubo intervenciones de riñón, de vejiga y ginecológicas. Del total, sólo dos han sido pediátricas. Mito a desterrar. Anotá. El robot no opera solo. “En casa, cuando les hablo del robot, piensan que cumple mi función, que nosotros no hacemos nada. Que nos va a dejar sin trabajo”, se ríe Leticia Cerra, la instrumentista, mientras prepara en su mesa, apretada entre dos de los cuatro brazos del robot, las pinzas de distintos tamaños, tijeras, clips y demás objetos.
 
El robot es una herramienta que controla el cirujano. Grande, inteligente, multifacética, egocéntrica, pero herramienta al fin. O conjunto de... Porque la verdad es que, desde la consola, el doctor controla, con las dos manos y los dos pies, brazos robóticos con tijeras, pinzas, suturadores y cámaras. Requiere de gran coordinación y, por lo tanto, de gran entrenamiento. Desde afuera se ve como si las manos del doctor repitieran en el aire lo que harían en el cuerpo. Cirugía a control remoto. Este nombre quizá sea el más apropiado.
 
Para realizar operaciones robóticas no alcanza con ser cirujano. Ni siquiera con haber aprobado el curso ad hoc. Hay que entrenar en forma diaria. Semejante precisión no se alcanza fácilmente. Después del curso inicial de aprendizaje, el médico debe operar en animales. Una vez superada esta instancia, entonces sí podrá hacerlo en personas. Y, sin embargo, igual requiere de un mantenimiento de la habilidad. Un profesional que no opere a diario deberá entrenarse para no perder plasticidad. La diferencia, dice Villamil, entre operar a través de un robot y hacerlo en forma convencional a cielo abierto o con cirugía de tipo laparoscópica –cuando se usa una cámara dentro del cuerpo para no abrir, pero es el mismo cirujano el que opera el instrumental–, es la versatilidad de los ángulos que permite la máquina.
 
El desafío es atravesar órganos y quitar la próstata sin dañar los nervios del paciente.
Menos dolor, menos riesgos. En la página web del Hospital Italiano se describen los beneficios de la cirugía robótica. Primero se enumeran los del paciente, todos vinculados con disminuciones varias:
 
- Internación más corta.
 
- Menos dolor en el post operatorio.
 
- Menos riesgos de contraer algunas infecciones.
 
- Menos pérdida de sangre.
 
- Incisiones más pequeñas y cicatrices mínimas, y períodos de recuperación más breves.
 
Para el cirujano, las ventajas comparativas son, en cambio, de aumento:
 
- Mayor visibilidad gracias a la tridimensionalidad.
 
- Aumento de la óptica del campo operatorio, mayor precisión y alcance.
 
- Filtrado de temblores y menores dolores musculares.
 
- Posibilidad de visualizar de forma digital estudios por imágenes en el momento de la cirugía.
 
Alta precisión, altos costos. Operarse a través de un robot es caro. Sale aproximadamente el doble que una operación convencional. El material descartable es muy oneroso, unos dos mil dólares por operación. El instrumental que va inserto en el brazo robótico sólo puede ser utilizado diez veces y luego la misma máquina lo rechaza, vale decir que hay que amortizar el costo sólo entre diez pacientes. El de ahora está cumpliendo su tiempo de vida. La instrumentista exterior se alegra de que la siguiente operación sea convencional. Para después habrá que retirar el nuevo instrumental en la Aduana. Adivino por sus caras que no debe ser fácil el trámite.
 
Crónica íntima de una cirugía hecha por un robot
Bajo control. La consola que controla al robot. /Rubén Digilio.
 
No siempre las obras sociales o empresas de medicina prepaga aceptan cubrir el costo de una cirugía robótica. En el mundo aún se discute su utilidad, el alcance real, las ventajas. Que son muchas si el cirujano es hábil. Sobre todo en cirugías de alta precisión como la que estamos presenciando, en la que los brazos robóticos permiten ángulos de escisión mucho más precisos, más ajustados.
 
Los micro instrumentos articulados son los únicos dispositivos quirúrgicos que admiten siete grados de movimientos en el espacio, superando incluso a los movimientos de la muñeca humana. Es por eso que estas propiedades permiten realizar maniobras imposibles de imaginar con instrumentos de cirugía laparoscópica convencional.
 
–¡Tremendo el plano!
 
La voz del doctor Villamil, amplificada, parece venir de más lejos. Está ahí nomás pero podría no estar en la misma habitación y sería lo mismo.
 
–Ya estamos por llegar. Bien. Alcanzamos la base. Qué bueno, faltan seis kilómetros, pero de a poquito la vamos sacando –bromea.
 
–Tratá de que sea para hoy. Y si es antes de la una mejor –le contestan.
 
En el quirófano, el clima es agradable. Como el de cualquier oficina o comercio. Como el de cualquier otro trabajo en el que los empleados se ven obligados a compartir muchas horas de esfuerzo mancomunado.
 
El brazo del robot tiene más articulaciones que la muñeca de un ser humano. Eso le permite ángulos asombrosos.
 
Despacito. El proceso es muy lento. Muy. En la pantalla se ve una pinza que levanta un pedazo de algo indescifrable. Pregunto a Wenceslao si esa es la próstata y desato una sucesión de palabras de la que sólo comprendo que la próstata está aún lejos, qué hay muchos otros órganos como vejiga, uretra y demás que se interponen. Que aquello tiene para largo y comienzo a cansarme. Me siento en el suelo. Tengo frío, estoy cansada. Mi mirada, como la de todos los demás, también se ha quedado pegada al televisor. Como si lo único que de verdad sucediera en ese quirófano número catorce pasara sólo dentro de la pantalla. La imagen es poderosa.
 
Cuando por algún instante me permito pensar que eso que veo es carne de una persona de verdad, su sangre, su grasa, sus órganos, me mareo un poco. No digo nada pero hay una náusea que vengo sorteando a fuerza de no pensar. Es mucho más fácil y ascético mirar la media pelota que la pantalla.
 
Una vida en paréntesis. Cuando la próstata por fin se desprende, una bolsita entra en cámara. Desde este ángulo desde el que miro la acción, se ve como un teatro de marionetas. Silvina Sosa acerca una bolsa que no toca a Leticia Cerra, quien a su vez se la pasa a José Ignacio Nolazco, el asistente del cirujano. Es el momento en el que la pierdo de vista. Unos segundos después la veo entrar en la pantalla.
 
El doctor Nolazco la ha introducido dentro de la media pelota para que el doctor Villamil se encargue de guardar allí la próstata, cerrarla y dejarla a un costado. Extraerla será el último paso previo a cerrar los agujeros.
 
Crónica íntima de una cirugía hecha por un robot
Equipo. Gustavo García Fornari (jefe de Anestesiología), José Nolazco (residente de Urología), Pablo Martínez (urólogo), Alberto Jurado (urólogo), Wenceslao Villamil (jefe de Cirugía Robótica urológica), Juan Carlos Blanco (anestesiólogo), Leticia Cerra y Silvia Sosa (instrumentadoras quirúrgicas). / Rubén Digilio.
 
–¿Y pasará por esos agujeros tan chiquitos? –preguntamos.
 
–Intentamos que pase y, si no pasa, abrimos un poco más para poder sacarla –responde el cirujano.
 
Cuando el señor despierte verá solo cuatro pequeñas incisiones en su abdomen. Pienso en ese despertar somnoliento. En ese volver el alma al cuerpo sin tener noción de lo que le ha pasado. Todo ese tiempo ausente de sí mismo, con el cuerpo ubicado en un plano inclinado, con la cabeza sepultada en un ángulo inferior, con la panza inflada como globo, con ese revólver robótico en sus entrañas, en esa extracción del órgano enfermo. En esa vida que se ha tomado un paréntesis de cinco horas. En ese hombre que viajó desde Uruguay para iniciar un camino de recuperación y que, como un condenado, pide una última voluntad: “Doctor, cuídeme los nervios”. Qué puede saber la máquina de funciones eréctiles. Sus brazos metálicos se elevan con impudicia.
 
Fuente: clarin.com 16/7/2017
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