Levanta vuelo con sus grandes utopías

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El médico que remonta barriletes para concientizar sobre la salud
Rubén Sosa es pediatra y trabaja en la ex Casa Cuna. Desde 1994 organiza diversas movidas con el fin de promover los buenos hábitos y la solidaridad.
 
Durante una charla con sus colegas, el doctor Rubén Sosa les comenta su idea de pintar las paredes del sector como si fuera un cielo. Un arcoiris y unas nubes por acá, un dragón que simule un barrilete oriental por allá. Hoy la obra está terminada y, mientras uno camina por el pasillo de la sala de pediatría del Hospital Dr. Pedro de Elizalde (ex Casa Cuna), efectivamente puede sentir que está volando.Sosa nació en Avellaneda y, desde hace más de 25 años, todas las mañanas se traslada hasta Capital para atender a sus pacientes en el centro pediátrico más antiguo de América, ubicado en la Avenida Montes de Oca 40, en el barrio de Barracas. Más allá de su trayectoria, Rubén es reconocido por sus barrileteadas solidarias, una movida que organiza desde 1994 en la que convoca a sus pacientes a pasar la tarde y dejarles una enseñanza para el futuro. “El metamensaje de la juntada es la promoción de la salud, la solidaridad, el donar órganos y la ecología. El barrilete es sólo el talismán de la metáfora”, asegura. Pero, ¿por qué el barrilete? El médico responde rápido, sin llegar a escuchar el final de la pregunta: “Porque es el único juguete que te mantiene mirando el cielo y te lleva a la reflexión”.
 
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El pediatra admite que cuando comenzó su cruzada recibió críticas de otros profesionales, a quienes define como “cientificistas”. “Hace 24 años, un médico que se reunía con sus pacientes a remontar barriletes sonaba tonto y fue un espacio desestimado por algunos colegas”, dice. A la vez sostiene que a través de los años comprobó que las barrileteadas funcionan. “Si tenemos en cuenta todas las reuniones, unos 20.000 chicos prometieron no consumir drogas. Cuando me preguntan por los resultados, muchos de ellos, ahora grandes, se acercan y me confiesan que rechazaron drogas o cigarrillos cuando se los ofrecieron”.
 
El médico que remonta barriletes para concientizar sobre la salud
Sosa, con ambo verde, posa junto al resto del equipo en el pasillo de pediatría del Hospitral Pedro Elizalde, ex Casa Cuna. Allí se realizó un mural que simula ser un cielo.
 
Las juntadas al aire libre fueron el punto de partida, pero el viento le trajo nuevas ideas al vecino de Avellaneda. Así fue como surgió el proyecto “Laura”, un homenaje a su hija fallecida, llevado a cabo en el 2000. Con el propósito de acercar a los niños a la naturaleza, 2.000 familias plantaron más 6.000 árboles en un terreno que rodea una laguna llamada “La Saladita”, en Avellaneda. “Llevamos vida a uno de los lugares más contaminados del país. En aquel evento se depositó algo que seguirá creciendo y sobrevivirá a nosotros”, recuerda.
 
El 31 de marzo organizará un homenaje a Benito Quinquela Martín en el auditorio de la ex Casa Cuna.
 
No hace falta conocer demasiado a Rubén Sosa para notar que es un hombre sensible a su entorno, un médico que parece no haber formado esa coraza que genera la rutina de convivir con la enfermedad. En lo estrictamente profesional, se define como un obsesivo del diagnóstico.
 
“Lo difícil es identificar la dolencia, el tratamiento lo puede hacer cualquiera que haya estudiado. La relación médico-paciente es un vínculo importantísimo porque se puede llegar a saber qué le pasa al enfermo a través de un simple interrogatorio”, afirma.
 
Donó 100 mil libros en todo el país
Entre los tantos proyectos ideados por Rubén Sosa, hay uno que se destaca por los 8.000 kilómetros que tuvo que recorrer para concretarlo.
 
Entre 2007 y 2009 llegó a juntar 100.000 libros que fueron donados a bibliotecas populares uniendo el sur (Los Antiguos, Santa Cruz) con el norte (Misión La Paz, Salta) y el oeste (Calingasta, San Juan) con el este (Villa Paranasito, Entre Ríos). La iniciativa se llamó “Cruz del Sur” y se gestó de una manera fortuita.
 
Sosa recuerda que por aquellos años recibió un premio y durante la ceremonia conoció a un maestro wichi al que le ofreció 6.000 libros para su biblioteca en Misión La Paz.
 
“Tras el viaje al norte, un amigo me comentó que la biblioteca de su escuela en Santa Cruz se había incendiado y decidí ayudarlo. Al llegar al sur, le pedí a una maestra que me diera un mapa y una regla porque se me había ocurrido la locura de unir cuatro puntos del país. Fue impresionante, nunca pensé que íbamos a llegar a esa cantidad de libros”, relata.
 
Fuente: clarin.com 19/2/2017
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