Le diagnosticaron cáncer cuando tenía 7 años y hoy trabaja de médico

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"Se complicaba salir a jugar y mi vieja si me tenía que cagar a pedos, lo hacía", recordó Matías Espin, quien a sus 29 años, y luego de haber superado la leucemia, trabaja como médico residente en el Paroissien.
 
"A mis 18 años, en medio de una charla con mi vieja, me enteré que, entre los 5 y los 13 años, mi probabilidad de vida estaba en un 30 por ciento y pensé '¡uy!, ¡qué loco!". De ese modo, Matías Espin (29) recordó cómo fue enfrentarse con (probablemente) la lección más fuerte de su vida: ser un niño de 7 años y tener leucemia.
 
Matías tenía 7 años, casi 8 años, cuando un médico de guardia del hospital pediátrico Humberto Notti le dijo a su mamá que más que una "angina roja" -como le habían diagnosticado en algún que otro centro de salud-, lo que tenía era una Luecemia Linfoblástica Aguda (LLA) -un tipo de cáncer por el que la médula ósea produce demasiados linfocitos inmaduros-. Hoy tiene 29 años y luego de haber superado la enfermedad, trabaja como médico residente en el área de Cirugía General del hospital Diego Paroissien de Maipú. 
 
Su historia está llena de frescura, inocencia y espontaneidad. "Se complicaba salir a jugar por los hematomas y demás. Lo único que me interesaba era jugar. (...) Mi vieja si me tenía que cagar a pedos... lo hacía. No me tenía en una caja de cristal. No me apañaba. No era el típico mimado por decir '¡ay!, tiene cáncer, pobrecito'... no, nada de eso. No había chance de victimizarse. Si me tenían que dar un coscacho, lo hacían", recuperó en conversación con MDZ Online, en el Día Internacional de Lucha contra el Cáncer Infantil. 
 
Su historia deja entrever que, más allá de los tratamientos correspondientes, la actitud de él y de su entorno es lo que, en definitiva, lo salvó. "Con cáncer, la verdad, la vida no te cambia mucho. Para mí, dentro de todo, estoy agradecido porque conocí otro mundo. No sé si hubiera estudiado medicina, por ejemplo, de no haber pasado por esto", comentó. 
 
Tenía 8 años cuando se sometió a tratamiento. "Primero, vino la etapa de quimioterapia endovenosa. Luego, el alta de remisión con pastillas y controles. Finalmente, hubo controles mensuales, trimestrales, semestrales y, por último, uno cada un año. A los 13 años me dijeron que estaba curado", rememoró. 
 
-¿Cómo es pasar por todo eso siendo sólo un niño?, ¿recordás haber sentido miedo?
 
-En realidad, no sabés nada. La que sabía era mi vieja y siempre la vi firme y entera. Yo, sólo quería jugar. Lo que sí me acuerdo es que, como niño, te ponés caprichoso... por ejemplo, ya no quería que me pincharan, estaba cansado de la medicación y de estar encerrado. Por suerte, unos meses antes de empezar mi tratamiento se había creado Fundavita. Entonces por medio de la fundación teníamos la sala de juego, nos daban un sobre enorme que traía papeles para colorear, de distinta textura y crayones como para entretenernos. Además de que nunca perdí un año escolar. Conseguíamos los programas y las tareas. Una profesora iba al hospital a dictarme el programa. 
 
-¿Qué recordás de permanecer internado en el hospital?
 
-La espera de familiares de visita, el lindo grupo que integré con otros chicos que tenían también leucemia... tenía mis 'amigos', por decirlo así, en el hospital. 
 
-¿Te encontraste con muchos niños en la misma situación?
 
-No; había más grandes o más chicos que yo. Me apegué mucho a uno mayor con el que jugábamos a quién se hacía las punciones lumbares primero. 
 
-¿Qué imagen tenés de tu mamá en aquellos años? ¿Y de tu familia, en general?
 
-Mi vieja si me tenía que cagar a pedo, lo hacía. No me tenía en una caja de cristal. No me apañaba. Muy firme y con mucha entereza. Mi viejo laburaba doble turno así que más que nada estaba con ella. Mis hermanos, el mayor tuvo que madurar de pronto porque tenía que encargarse del más chico. Creo que, en ese sentido, quizá le afecté un poco su infancia. 
 
-¿Hubo algún familiar que hubiera pasado por lo mismo?
 
-Se decía que podía ser algo genético. Por parte de mi viejo, creo que una tía abuela tuvo pero no podemos darlo como que fue genético. Otra teoría fue la de los transformadores... porque en la zona había otro niño que también tuvo. Pero nunca se terminó de comprobar porque la misma leucemia no tiene un causante. 
 
¿Cómo fue que decidiste ser médico?
 
-El hecho de haber estado cinco años en un hospital de chico creo que me influyó. Cuando decidí Medicina, decidí que iba a seguir oncología pediátrica; sin embargo, cuando ingresé a la facultad me di cuenta que no me gustaba para nada oncología y los niños no me agradaban mucho; así que cambié para cirugía general. Intenté dos años seguidos ingresar a la de Cuyo y como no pude me metí a una tecnicatura de Higiene y Seguridad. En ese año, un día, me llamaron de Fundavita para decirme que podía acceder a una beca para estudiar en la Aconcagua la carrera de Medicina y así lo hice. Hoy, estoy haciendo la residencia en el Hospital Paroissien de Maipú. 
 
-Teniendo en cuenta tu experiencia... ¿cómo te enfrentas a pacientes que están en riesgo?
 
-Mi vieja me dice que, con la profesión, me he vuelto más duro. Pero bueno, la verdad es que la propia carrera te lleva a entender que la probabilidad de que se muera una paciente, siempre está. Creo que analizo los casos por los dos lados, el de mi experiencia y el de mi formación. 
 
-¿Cómo es la relación que tuviste y tenés con la muerte?
 
-Al principio cuando salí del tratamiento me enteré que tenía un 30 por ciento de probabilidad de vida... a los 17 o 18 años, hablando con mi vieja me enteré de eso y me dije '¡uy, qué loco!. A esta altura ya se sabía que la LLA era una de las enfermedades más curables y llevaderas. 
 
-¿Creés que habría sido distinto si hubieras sabido de tu probabilidad de vida siendo niño?
 
-Mis papás decidieron no mencionar el tema de la probabilidad de vida cuando yo era un niño y creo que estuvo bien. Igualmente, al ser niño, me tocó en una de las mejores etapas para poder enfrentarlo. Imagino que habría sido distinto a que te toque como adolescente en donde estás con toda la rebeldía y sufrís más los cambios físicos, que estás pelado, que se te hinchan los cachetes con los corticoides, todo eso te pega más duro a esa edad. 
 
-Hoy, ¿cómo seguís tu vida?
 
-Por suerte muy bien, soltero y tranquilo viviendo la vida feliz. Hace un año que me fui a vivir solo y como residente trabajo en Cirugía General del Paroissien. 
 
-¿Qué le dirías a un niño que está pasando por lo mismo que vos pasaste y a su  papás?
 
-Que no están solos, que hay organizaciones que los pueden aconsejar, que el cáncer es algo que no es para menos pero tiene su cura y tratamiento y que la vida se puede continuar, que será por un tiempo que les variará la vida un poco pero que pueden buscar apoyo.
 
Fuente: mdzol.com 16/2/2017
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