Cuando el silencio no es salud

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El brote de influenza del tipo A H1N1 en México puso de manifiesto las grietas del sistema sanitario de ese país y de una comunidad científica muda –o con respuestas ambiguas– ante una sociedad ávida de información fehaciente.

Por Arturo Barba *
Desde Mexico, DF

La emergencia mundial detonada desde México por la epidemia de influenza causada por el virus A H1N1 ha exhibido el mar de contrastes y absurdos que dominan al país azteca. Por un lado, el presidente, Felipe Calderón, exclama que México “ha defendido a toda la humanidad” de la propagación del virus de la influenza, “al actuar con firmeza y prontitud”, pero por otro se exhibieron las carencias científicas y médicas, ya que México fue incapaz de detectar al virus en su propio territorio hasta ocho días después de detonada la emergencia (el 23 de abril).

Durante esos días iniciales de la emergencia, todas las muestras eran analizadas por especialistas del Laboratorio Nacional de Microbiología de la Agencia de Salud Pública de Canadá (www.nml lnm.gc.ca) y del Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos (www.cdc.gov/spanish). El resultado fue una lenta y desarticulada respuesta de las autoridades de salud.

Los constantes y sistemáticos recortes presupuestales para la ciencia y la tecnología en los últimos siete años han impedido el montaje de laboratorios epidemiológicos clase 3 que permitirían identificar el virus. México destina sólo el 0,35 por ciento de su PBI a ciencia y tecnología, del cual casi una sexta parte se invierte en investigaciones en el campo de la salud.

El A H1N1 ha resultado menos letal de lo que se esperaba; hasta ahora se han reportado sólo 942 casos de A H1N1 en todo el país, 42 de ellos han fallecido (24 mujeres y 18 hombres), cifras casi insignificantes si se compara con las 3500 muertes que ocasionó la influenza humana estacional entre 2007-2008.

De haber sido más letal el virus, la catástrofe sería aún más lamentable pues el sistema de salud colapsó en los primeros cinco días y gran parte de la comunidad científica mexicana quedó paralizada, al igual que otros sectores de la población.

En todos lados se cuecen habas

Pero la falta de laboratorios no es el único problema. Por ejemplo, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (www.conacyt.mx) rechazó el año pasado apoyar proyectos de investigación sobre virus respiratorios (incluido la influenza) de un grupo de investigadores encabezado por Daniel E. Loyola y Andreu Comas, de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

A este mismo grupo de investigadores, la Comisión Federal para la Protección de Riesgos Sanitarios (www.cofepris.gob.mx) les negó en 2008 el permiso de importación del reactivo Quick Vue A+B, que ahora el gobierno mexicano está importando por toneladas.

“Seguramente, a partir de esta experiencia esta línea de investigación se convertirá en una nueva moda y algunos grupos que no son especialistas recibirán recursos”, lamenta Andreu Comas. El gobierno federal destinó poco más de 100 millones de dólares para equipar, urgentemente, seis laboratorios de alta especialidad para poder realizar los diagnósticos.

“Hemos comprado equipo de diagnóstico para montar seis laboratorios y estamos trayendo especialistas de Canadá y Estados Unidos –informó el 27 de abril José Angel Córdova, ministro de Salud de México–. Estarán listos en los próximos días y se localizarán en los institutos nacionales de Enfermedades Respiratorias, de Nutrición y de Salud Pública, así como en los laboratorios estatales de salud pública en el puerto de Veracruz y en Acapulco, Guerrero.”

Un pais fantasma

El shock inició en la noche del jueves 23 de abril, cuando el ministro de Salud anunció la suspensión total de clases en la capital del país, algo que no había ocurrido desde el terremoto de 1985, cuando murieron más de 20 mil personas. El resultado: alarma, miedo, casi psicosis.

El alcalde de la ciudad de México, Marcelo Ebrard, tomó una medida de contención aún más drástica: la suspensión de más de 500 actividades culturales, deportivas y recreativas. A eso le seguiría el cierre de restaurantes, bares, cines, salones de baile, teatros, discotecas, centros deportivos, salones de fiesta, gimnasios, balnearios, centros de convenciones, zoológicos y parques. El costo: una pérdida cercana a los 8 mil millones de dólares.

Confusión y casos sospechosos

Inmediatamente empezó la danza de cifras de casos sospechosos e información contradictoria, debido a que las muestras que se enviaron al extranjero tardaron tres o cuatro días en arrojar resultados. Se empezaron a publicar cifras de casos “probables” que alarmaron aún más a la población. Uno de los cánones de la comunicación de crisis es no dar datos hasta que se confirmen.

Una pequeña muestra: de acuerdo con la OMS, desde mediados de marzo se reportaron los primeros casos en la Ciudad de México, y el 23 de abril ya había 854 casos y 59 fallecimientos sospechosos. Sin embargo, un día antes, José Angel Córdova dijo: “Esto no es una pandemia de influenza (...) Estamos viendo una prolongación de la época estacional de la influenza, que normalmente se termina en febrero”.

Otra muestra: el 27 de abril el ministerio informó que había más de 1995 casos reportados y 149 fallecimientos, pero el 30 de abril, ya con los análisis realizados en el propio país, anunció que sólo había 12 muertes y 300 enfermos confirmados. Hoy las cifras son otras pero se espera su incremento.

La confusión se apoderó de la población, pues las conferencias de los funcionarios de salud (dos al día) no brindaban información precisa, y los científicos tampoco informaron a la sociedad. Spots promocionales en radio y televisión piden a la población acudir a cualquier centro de salud u hospital ante cualquier síntoma: dolor de cabeza, fiebre alta, y tos, etc.

Inmediatamente, la sociedad capitalina abarrotó los 220 centros de salud y 28 hospitales del gobierno de la ciudad y los más de 600 hospitales federales. Miles de personas se aglutinaron en las salas de urgencias, que han hecho evidente la incapacidad del sistema de salud de México, que en situaciones normales sólo puede atender al 50 por ciento de la población y que, ante la crisis sanitaria por la gripe porcina, colapsó sin remedio.

En los centros de salud y los hospitales no se aplicó ninguna medida sanitaria, por ello, en las salas de urgencias se aglutinan hasta 300 y 400 personas que tienen que esperar horas para ser atendidas; si entre ellas hay alguna con influenza A H1N1, estaríamos ante un foco potencial de contagio.

Silencio de radio

Ante esta situación, ni la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) (www.amc.unam.mx) ni la Academia Nacional de Medicina (www.anmm.org.mx) –organizaciones no gubernamentales de científicos–, ni la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), informaron de manera inmediata a la sociedad mexicana sobre lo que es un virus, una epidemia, medidas sanitarias y otros aspectos básicos que la población requería saber al momento.

“Es una situación inexplicable la falta de respuesta de las instituciones científicas mexicanas –dijo con sorpresa Octavio Paredes, ex presidente de la AMC–. Los científicos no supimos responder a la necesidad apremiante de la sociedad mexicana, no nos solidarizamos con ella.”

El gobierno federal controló férreamente la información y la mayoría de los científicos especialistas en virología, epidemiología, gripe porcina, e infectología que trabajan para los Institutos Nacionales de Salud –que dependen del Ministerio de Salud– o de la UNAM tiene prohibido dar entrevistas si no se tiene antes la autorización de las oficinas de comunicación social.

Entre el 23 y el 29 de abril, varios medios solicitaron entrevistas con expertos de la UNAM y de los Institutos Nacionales de Referencia Epidemiológica y de Enfermedades Respiratorias, pero hasta ahora no han sido respondidas las solicitudes. Los investigadores que fueron consultados en sus teléfonos particulares prefirieron no responder por temor a contravenir las instrucciones institucionales.

* Periodista científico mexicano.

Fuente e Imagen: Página 12

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