Carencias, robos y desigualdad en los hospitales públicos

Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en WhatsApp
Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en WhatsApp

Pocas áreas muestran cuán sorprendente y dispar es el conurbano como los hospitales públicos. Allí conviven nichos de excelencia con otros de corrupción flagrante y mercado negro de todo tipo de insumos.

Historias de médicos y enfermeros que postergan sus familias y se juegan todo, con escenas de boxeo y hurtos en los pabellones.

Todo eso y más queda en evidencia, por ejemplo, con algunas recorridas. Como por el hospital provincial Simplemente Evita, más conocido como el del "kilómetro 32" de González Catán, en La Matanza, donde trabaja un equipo reconocido por el Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai) por su "destacada labor en procuración de órganos y tejidos para trasplante".

Ese es el nosocomio que la TV redujo al mote de "hospital fantasma" por sus problemas en el área de pediatría. Pero omitió contar que allí conviven también con familiares de internados que se roban hasta las mangueras de incendio. O que un paciente desapareció con el electrocardiógrafo al que lo tenían conectado. Nunca más lo vieron, ni al paciente ni al aparato.

"También tuvimos un paciente al que debíamos colocarle un marcapasos, pero IOMA nos informó que podía demorarse semanas", contó un profesional del hospital a LA NACION. "Un familiar nos dijo que él se ocupaba. A las horas volvió con un marcapasos usado que nuevo sale como 20.000 pesos, pero que compró por 3000. Nos contó que se lo consiguió un colectivero". No se lo implantaron y pasaron por un mal rato.

Los desafíos varían según los hospitales y las zonas. En el hospital de Marcos Paz, los médicos cuentan historias de cuando llegaron nuevos respiradores a la sala de terapia intensiva, pero nadie sabía cómo operarlos. O de otro hospital de la zona, donde negaban "camas críticas" (es decir, de terapia intensiva) pedidas desde otros nosocomios.

"Esto es Camboya, te toca lo que te toca", dice otro médico que sin tener los conocimientos debió anestesiar a un chico porque los anestesistas estaban de paro, pero que no se le cruza abandonar el hospital público.
Contrastes

El contraste no sólo se da entre algunos hospitales públicos y otros privados, sino entre centros públicos. En febrero, en el hospital de trauma y emergencias Federico Abete de Malvinas Argentinas, la presidenta Cristina Kirchner y el intendente Jesús Cariglino inauguraron dos robots quirúrgicos que costaron US$ 5 millones y de los que sólo hay otros cinco en América latina. Pero en Ituzaingó ya anunciaron cuatro veces la construcción del mismo hospital.

Semivacío y golpeado desde hace años, los vecinos de José C. Paz prefieren evitar el hospital Domingo Mercante. Sea porque la atención de guardia puede demorar horas o, según contaron varias parturientas a LA NACION, porque las obligaron a firmar una exención de responsabilidad civil ante el caso de que ellas o sus hijos fallecieran en el parto.

Así, los vecinos de José C. Paz que pueden viajan hasta Malvinas Argentinas -o hasta San Isidro- para atenderse. El problema es que a veces no les alcanza ni para pagar el "bono contribución" que se les exige por no vivir en esos distritos. Otros enfilan hacia la Capital Federal.

"El 48% de los pacientes del Hospital Argerich provienen del conurbano", dice el médico y coordinador de la Unidad Ejecutora del Programa de Recuperación de la ex AU3, Carlos Regazzoni, que estima en $ 1900 millones al año los gastos que esa migración de pacientes genera en la ciudad. "Por la ruina en que se encuentra el sistema sanitario del conurbano -remarca-, y por sus problemas de planificación."

Fuente: La Nación

Su voto: Nada

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado y no se muestra públicamente.