Dimensión política de una enfermedad

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Es difícil encontrar en la historia de La Pampa un anuncio con tan alto impacto político y emocional a la vez como el que brindó el jueves el gobernador Carlos Verna.
El golpe sacudió a los periodistas presentes en la conferencia de prensa y seguramente también a los oyentes de las radios que cubrían la noticia.
Fiel a su estilo, mantuvo en silencio absoluto semejante novedad y eligió el momento y la forma de comunicarla. Por lo general las dolencias de los líderes políticos toman estado público por otros canales: rumores, trascendidos y últimamente las redes sociales. No se recuerda a ningún dirigente de alto rango comunicar personalmente una mala nueva de tal envergadura cara a cara con la prensa y, menos todavía, su inmediata derivación hacia una decisión política de tanta trascendencia como la que dio a conocer el jefe del gobierno pampeano. Ni siquiera, como lo admitió más de uno, en su entorno del gobierno y del partido conocían lo que se venía. 
 
La fuerte conmoción de la noticia se reflejó por su inmediata divulgación en toda la prensa nacional y la no menos inmediata explosión de mensajes de solidaridad que le llegaron a Verna desde la máxima dirigencia nacional y provincial de todo el arco político. Quizás en la pluralidad de esa reacción quedó plasmada la relevancia que adquirió la figura del gobernador más acá y más allá de las fronteras políticas de La Pampa. 
La dimensión política de la enfermedad del gobernador es innegable. Su decisión de renunciar a la pelea electoral del año próximo -entendible por propios y extraños en semejante circunstancia personal- cambia de raíz el escenario provincial tanto para su propio partido como para sus rivales. Se trata de la figura de mayor peso político de la actualidad y no solo por su condición de gobernador sino también por su invicta trayectoria electoral. Ni siquiera aquella controvertida renuncia a la candidatura a gobernador en 2011 que dejó al PJ en una situación de extrema fragilidad le impidió ganar la siguiente interna y luego la general en 2015.
 
Hacia adentro del Partido Justicialista se abren ahora no pocas incógnitas y expectativas. No faltan dirigentes -“jóvenes”, dijo Verna- deseosos de anotarse en la carrera al Centro Cívico. Claro que una cosa son las aspiraciones personales y otra muy distinta la capacidad, las condiciones de liderazgo o el atractivo para seducir al electorado. Quizás atento a este dilema fue que Verna expresó que no tiene un candidato propio y apeló a la “inteligencia” para asumir una interna que discuta ideas y no se desangre en confrontaciones extremas. 
¿Habrá dicho esas palabras pensando en la durísima pelea que sacudió al PJ hace apenas tres años cuando él mismo batalló contra su antecesor Oscar Jorge? Si bien es cierto que aquellos enfrentamientos parecen estar superados, lo cierto es que el exgobernador desapareció por completo del espacio público.
Pero además, y nada menor, hoy el justicialismo tiene enfrente a un rival político con una fortaleza electoral como hacía mucho no se veía en La Pampa. Y por si fuera poco esa alianza detenta hoy el gobierno nacional. El ajustadísimo resultado del año pasado, cuando se impuso por menos de cien votos, es una espada de Damocles para el PJ. 
 
Hasta ayer nomás la candidatura de Verna era indiscutible. Era la carta ganadora que podía exhibir el peronismo, básicamente porque había logrado encolumnar a todas las líneas internas. A pocos meses de romper con una de esas facciones, al expulsar del gabinete al exministro de Gobierno, irrumpe este cimbronazo inesperado que altera sensiblemente aquel panorama tranquilizador.
El año próximo no solo se van a enfrentar dos fuerzas sino también dos modelos políticos. De ahí la capital importancia que tendrá esa contienda para el futuro de la provincia. Nunca antes una dolencia personal concentró tanta expectativa política.
 
Fuente: laarena.com.ar 9/9/2018
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